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«Tesoros de la Fe» Nº 89 > Tema “Vicarios de Cristo”

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San Gregorio VII

Celo ardiente por la causa de Dios

Uno de los mayores Papas de la Historia y una de las más eminentes personalidades que produjeron los siglos, combatió los abusos del poder temporal y la decadencia del clero


Plinio María Solimeo



San Gregorio VII es una de las figuras más santamente controvertidas de la Historia. Los católicos verdaderamente fieles ven en él a un batallador incansable en la defensa de los derechos de la Iglesia, eximio reformador de las costumbres del clero y gran santo, de los más extraordinarios Papas de la Historia y un hombre que marcó a fondo su época y los siglos posteriores. Los enemigos de la Iglesia, precisamente por esas virtudes, lo abominan, lo cual es para él una gloria más. Historiadores imparciales, incluso no católicos, prestan homenaje a su gran personalidad y fuerza de voluntad, sobre todo a su deseo sincero de hacerlo todo por la exaltación del Papado, y la consiguiente mayor gloria de Dios.

Origen humilde y grande personalidad

El niño Hildebrando, futuro Gregorio VII, nació en Toscana en la pequeña localidad de Sovana, no lejos de Siena, en una familia modesta. Su padre fue, según todo indica, carpintero, y nada tuvo que ofrecer a su hijo sino la protección de un tío materno, Lorenzo, que por sus méritos había sido nombrado abad del monasterio de Santa María, en el Monte Aventino. Ese tío se encargó de la educación del niño, de inteligencia privilegiada, que hizo profundos progresos en los estudios.

Era él, como San Pablo, bajo de estatura y delgado de cuerpo, pero, como el Apóstol, tenía un alma de fuego. Aún siendo clérigo, habiendo recibido las órdenes menores, entró al servicio de Juan Graciano, que había sido su profesor en la escuela lateranense. Éste, apreciador del extraordinario talento de Hildebrando, afirmaba que nunca había visto inteligencia igual. Cuando fue elevado al solio pontificio con el nombre de Gregorio VI, Juan Graciano lo nombró su secretario. Hildebrando, que tenía apenas 25 años y era aún subdiácono, fue así providencialmente iniciado en los asuntos de la Iglesia, a la cual más tarde gobernaría con tanta sabiduría y fortaleza. En esa época, trabó relaciones con otro de los mayores hombres del tiempo, el cardenal San Pedro Damián.

A pesar de no haber sido aún ordenado sacerdote, era ya un gran predicador. El emperador Enrique III afirmó que ninguna palabra lo había conmovido tanto cuanto la de él.

En el año 1045, Gregorio VI fue depuesto por el emperador y desterrado a Colonia. Renunció al papado e Hildebrando lo siguió al exilio. Con la muerte del ex Papa al año siguiente, Hildebrando viajó a Francia, donde visitó la abadía de Cluny, entonces en su apogeo. Encantado con la santidad de San Hugo y de San Odilón, allí tomó el hábito monástico.

Cardenal-diácono de la Santa Iglesia

Pero no pudo disfrutar por mucho tiempo de su retiro. Bruno, obispo de Toul, habiendo sido elegido Papa con el nombre de León IX, confió a Hildebrando la administración temporal de la Iglesia con el título de arcediano, y también el gobierno del monasterio de San Pablo Extramuros, entonces muy decadente. Le confirió aún el título de cardenal-diácono. Secundado por Hildebrando, el nuevo Papa se lanzó con fervor y determinación a la reforma del clero y el restablecimiento de las leyes de la Iglesia, principalmente de su libertad contra la ingerencia del poder secular. Para poner en ejecución sus decretos, convocó a un sínodo, en el cual condenó los dos males más notorios de la época: la simonía y la incontinencia del clero. En 1054, León IX entregó su alma a Dios. Muchos milagros suyos, en vida y después de la muerte, hicieron que su nombre fuese incluido en el Martirologio Romano.

Durante el reinado de los cuatro Papas siguientes, Hildebrando se destacó de tal manera, que “nada se hizo en aquel tiempo en Roma sin el consejo y el asentimiento de Hildebrando; él dominaba, con su vasta capacidad, la corte y las facciones, y todos tributaban respeto y homenaje a su elevado mérito”. 1 Su influencia llegó al apogeo con el Papa Alejandro II (1061-73), que lo nombró su canciller. Ya entonces desempeñaba funciones como las de un primer ministro.

Enrique IV permaneció tres días descalzo en la nieve, vestido apenas con un hábito de penitente, implorando perdón

“¡San Pedro escogió a Hildebrando!”

En 1073 fallecía Alejandro II. E Hildebrando, como arcediano, presidía los funerales. En medio de la ceremonia, el clero y el pueblo, hombres y mujeres, prorrumpieron en un grito unánime: “¡Hildebrando, Papa!” “¡San Pedro escogió a Hildebrando!”

Al recibir entonces la ordenación sacerdotal, el nuevo Papa “estaba muy versado en la arte de gobernar, era consciente de su misión y tenía una idea elevadísima de la dignidad pontificia. Su promoción fue providencial. Con él la reforma comenzó a ser eficaz”. 2

Para obtener de Dios las gracias necesarias para la Iglesia en aquellos tiempos tan conturbados, San Gregorio VII organizó un sodalicio con el nombre de Religio Quadrata, agrupando a eclesiásticos y seculares que se proponían rezar especialmente por la reforma.

Aunque se concentrase sobre todo en esa tarea, su programa era mucho más vasto. Incentivó, en España, la reconquista del territorio en poder de los moros, bendiciendo a los extranjeros que se alistasen en esa cruzada; planeaba rescatar los Santos Lugares, acabar con el cisma griego y centralizar el gobierno eclesiástico. Pero lo que llevaba en lo más hondo de su corazón era velar por la santidad de la Iglesia, con la eliminación de la simonía (venta de objetos sagrados) y del nicolaísmo (violación de la ley del celibato por los clérigos). Estos vicios provenían en gran parte de la célebre cuestión de las investiduras, es decir, de la venta de cargos eclesiásticos o prebendas por parte del emperador, de reyes, de nobles y señores feudales. Los altos dignatarios eclesiásticos, que pagaban caro su dignidad al rey o a otro señor, procuraban indemnizarse vendiendo a sus subordinados las funciones menores. Así, ellas no caían en manos de los más dignos, sino en las de quien podía pagar más. Esta complicada cuestión, que se extendió hasta el siglo siguiente, consumió gran parte de las energías del combativo Pontífice. Depuso al arzobispo Godofredo de Milán por simonía, y en Francia substituyó prácticamente a todo el episcopado. Pero encontró fuerte oposición en Alemania, sobre todo de la parte del emperador Enrique IV.

Preciosa exaltación del primado romano

La mirada de San Gregorio VII no descuidaba ningún rincón de la Tierra. San Canuto, rey de Dinamarca, le pedía consejos, lo mismo que Olavo, rey de Noruega. En cambio, Boleslao II de Polonia, desagradado por los avisos de la Santa Sede, se servía del gobierno solamente para satisfacer sus brutales pasiones. Llegó a ahorcar, con sus propias manos, a San Estanislao, obispo de Cracovia, que lo había excomulgado. San Gregorio VII fulminó con el anatema al rey asesino, lo privó de la realeza, desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad a él, y le retiró el título de rey a los soberanos de Polonia, que durante mucho tiempo quedaron reducidos a la situación de meros duques.

En 1074 San Gregorio VII renovó los decretos de sus predecesores contra la simonía y los matrimonios de eclesiásticos. Al año siguiente, promulgó un decreto contra la investidura, prohibiendo a todo secular, bajo pena de excomunión, vender los obispados. Una semana después, “Gregorio redactó su Dictatus papae, colección de 27 tesis en que condensaba de manera lapidaria su concepción del poder pontificio sobre la base de una exaltación del primado romano en el aspecto legislativo, judicial, administrativo y dogmático, con aplicaciones concretas a lo temporal. Las proposiciones más llamativas eran estas dos: «Que [el Papa] tiene facultad para deponer a los emperadores» (nº 12); «Que puede desligar a los súbditos del juramento de fidelidad prestado a los inicuos» (nº 27). [...] [Eso porque] Cristo a nada ni a nadie ha exceptuado del poder de las llaves. Si la Sede Apostólica tiene facultad para juzgar de las cosas espirituales, con mayor razón la tendrá sobre las temporales, que valen menos. Todo lo que hay dentro de la Iglesia, está debajo del Papa; luego los reyes y emperadores, con todo su poder y autoridad, están sometidos al Papa; por tanto, éste puede deponerlos”. 3

El emperador Enrique IV en Canossa

Enrique IV, sin embargo, continuó repartiendo obispados a personas indignas, y entabló negociaciones con los normandos del sur de Italia para tener al Papa entre dos fuegos. San Gregorio lo amonestó seriamente, amenazando con excomulgarlo y deponerlo. El emperador convocó una asamblea en Worms, donde depuso al Papa, declarándolo privado de la dignidad pontificia. Gregorio convocó un concilio en Roma, en el cual excomulgó y depuso al emperador. El efecto de la sentencia pontificia fue fulminante, al contrario de la de Enrique. Inmediatamente todos abandonaran a Enrique IV. Y los príncipes alemanes, reunidos en Tribur, declararon que, si él no obtenía la absolución de la sentencia en el plazo de un año, perdería la corona. Sin embargo, debería vivir como un particular en Espira, licenciar a su ejército y a todos los consejeros excomulgados, y abstenerse del culto público mientras aguardaba la decisión del Papa.

“He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro”. Últimas palabras y epitafio de la tumba de San Gregorio VII, en la catedral de San Mateo, Salerno – Italia.

El emperador, al verse perdido, no tuvo otra salida que procurar al Sumo Pontífice y obtener su perdón. En el invierno de 1076-1077 —el más frío del siglo— atravesó los Alpes y fue hasta donde estaba San Gregorio VII, en Canossa, Toscana, en la propiedad de la Condesa Matilde. Allí Enrique permaneció por tres días descalzo en la nieve, vestido apenas con un hábito de penitente, implorando perdón. Por fin el Papa, cediendo a las instancias de los que lo rodeaban y a las muestras de arrepentimiento del emperador, retiró las censuras. Enrique se comprometió a dar a Gregorio toda la ayuda necesaria para resolver los conflictos de Alemania. Pero apenas se vio nuevamente en posesión del poder imperial, mandó a cerrar el paso de los Alpes, para impedir el viaje del Papa a su país.

Durante el sínodo cuaresmal de 1080, Gregorio volvió a excomulgar y deponer a Enrique IV. Éste emprendió una expedición militar contra el Papa y sitió Roma durante tres años. Gregorio se refugió en el castillo de Sant’Angelo. Enrique IV recibió la corona imperial de manos de un antipapa, y después abandonó a toda prisa la ciudad cuando supo del avance de los normandos, liderados por Roberto Guiscard, duque de Normandía, que liberó al Papa. Debido a la fragilidad de la situación, San Gregorio abandonó Roma y se condujo al destierro, falleciendo en Salerno el día 25 de mayo de 1085. Sus últimas palabras quedaron célebres y sintetizan su combatividad heroica en defensa de la Santa Iglesia: “He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro”.4   


Notas.-

1. Dr. Eduardo María Vilarrasa, San Gregorio VIILa Leyenda de Oro, L. González y Cía. Editores, Barcelona, 1896, t. II, p. 328.
2. J. Goñi Gaztambide, San Gregorio VII – Gran Enciclopedia Rialp, Ed. Rialp, Madrid, 1972, t. XI, p. 325.
3. Id., ib.
4. Id., ib.



  




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