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«Tesoros de la Fe» Nº 170

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No tratemos a los lobos como si fueran ovejas perdidas*

Una visión unilateral de la parábola del Buen Pastor lleva a algunos a abandonar a las ovejas fieles para ir en busca del lobo, ponerlo cariñosamente sobre los hombros, e introducirlo en el redil.

Plinio Corrêa de Oliveira

La doctrina de Nuestro Señor Jesucristo está llena de verdades aparentemente antagónicas que, examinadas con atención, lejos de desmentirse recíprocamente, se completan, formando una armonía verdaderamente maravillosa. Y este es el caso, por ejemplo, de la aparente contradicción entre la justicia y la bondad divina.

Aparente contradicción entre la bondad y la justicia de Nuestro Señor Jesucristo

Dios es, al mismo tiempo, infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Toda vez que para comprender bien una de estas perfecciones ignoramos la otra, caeremos en un grave error.

Nuestro Señor Jesucristo dio, en su vida terrena, admirables pruebas de su dulzura y de su severidad. No pretendamos “corregir” la personalidad de Nuestro Señor de acuerdo a la pequeñez de nuestros modos de pensar, y cerrar los ojos a la suavidad para mejor edificarnos con la justicia del Salvador; o, por el contrario, hacer abstracción de su justicia para mejor comprender su infinita compasión con relación a los pecadores. Nuestro Señor se mostró perfecto y adorable tanto cuando acogía con perdón inefablemente dulce a María Magdalena, cuanto cuando castigaba con lenguaje violento a los fariseos. No arranquemos ninguna de estas páginas del Santo Evangelio. Sepamos comprender y adorar las perfecciones de Nuestro Señor como ellas se revelan en uno y otro episodio. Y comprendamos en fin que la imitación de Nuestro Señor Jesucristo solo la podremos hacer cuando sepamos no solo perdonar, consolar y acoger, sino también que sepamos flagelar, denunciar y fulminar como Nuestro Señor. 

Bondad y energía: dos virtudes armónicas

“Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas… Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 11-15).

Hay muchos católicos que consideran los episodios del Evangelio en los que aparece el santo furor del Mesías contra la ignominia y la perfidia de los fariseos como cosas indignas de imitación. Esto aparece en el modo en que ellos consideran el apostolado. Hablan siempre de dulzura, y tratar siempre de imitar esa virtud de Nuestro Señor. Pero, ¿por qué no tratan de imitar las otras virtudes de Nuestro Señor?

Frecuentemente, cuando se propone en materia de apostolado un acto de energía, la respuesta invariable es que es necesario proceder con mucha suavidad “para no apartar aún más a los descarriados”. ¿Se podría sustentar que los actos de energía tienen siempre el efecto invariable de “apartar aún más a los descarriados”? ¿Se podría sustentar que Nuestro Señor, cuando dirigía sus invectivas candentes a los fariseos, lo hacía con la intención de “apartar aún más a aquellos descarriados”? ¿O se debería suponer por ventura que Nuestro Señor no sabía o no se preocupaba con el efecto “catastrófico” que sus palabras causarían a los fariseos? ¿Quién osaría admitir tal blasfemia contra la Sabiduría Encarnada, que fue Nuestro Señor?

Dios nos libre de preconizar el uso de la energía y de los procesos violentos como único remedio para las almas. Dios nos libre también, sin embargo, de proscribir estos remedios heroicos de nuestros procesos de apostolado. Hay circunstancias en que se debe ser suave y circunstancias en que se debe ser santamente violento. Ser suave cuando la circunstancias exigen violencia, o ser violento cuando la circunstancias exigen suavidad, es siempre un grave mal.

Unilateralidad en la interpretación de las Parábolas

Todo este orden de ideas unilateral que venimos denunciando, procede de una consideración también unilateral de las Parábolas. Muchos hacen de la parábola de la oveja perdida la única del Evangelio. Hay en esto un error gravísimo que no queremos dejar de denunciar.

Nuestro Señor no nos hablaba solamente de ovejas perdidas, que el Pastor va a buscar pacientemente en el fondo de los abismos, ensangrentadas por las espinas, en las que lamentablemente se hirieron. Nuestro Señor nos habla también de lobos rapaces, que merodean constantemente el redil, esperando una ocasión para introducirse en él disfrazados con pieles de ovejas. Pues bien, si es admirable el Pastor que sabe cargar sobre sus hombros con ternura a la oveja perdida, ¿qué decir del Pastor que abandona a sus ovejas fieles para ir a buscar a lo lejos a un lobo disfrazado de oveja, que toma al lobo, lo pone amorosamente sobre sus hombros, le abre él mismo las puertas del redil, y con sus manos pastorales coloca entre las ovejas al lobo voraz?

¡Cuántos católicos hay, sin embargo, que actuarían exactamente así, si aplicasen efectivamente los principios del apostolado unilateral que profesan! 

* Extractos del artículo publicado en el “Legionario”, San Pablo, el 28 de setiembre de 1941.



  




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