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«Tesoros de la Fe» Nº 33 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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San Jerónimo

Fortaleza de la Cristiandad frente a la herejía


Padre de la Iglesia Latina y autor de la Vulgata, traducción oficial en lengua latina de la Sagrada Escritura


En una época muy conturbada para la Iglesia —como fue el final del siglo IV y la primera mitad del siglo V— surgieron simultáneamente en la Cristiandad grandes luceros de santidad y ciencia, tanto en el Oriente como en Occidente: San Hilario, Obispo de Poitiers, San Ambrosio, de Milán, y el Águila de Hipona, San Agustín. Junto a San Jerónimo —cuya fiesta conmemoramos el día 30 de setiembre— forman ellos el ilustre grupo de los llamados Padres de la Iglesia latina de aquella época.

La vida de San Jerónimo es tan extraordinaria, que se vuelve imposible resumirla en pocas páginas. De él afirmó el admirable jesuita, el padre Pedro de Ribadeneyra, discípulo y biógrafo de San Ignacio de Loyola: “Fue noble, rico, de gran ingenio, elocuentísimo; sapientísimo en las lenguas y ciencias humanas y divinas; en la vida, espejo de penitencia y santidad; luz de la Iglesia y singular intérprete de la divina Escritura, martillo de los herejes, amparo de los católicos, maestro de todos los estados y condiciones de vida y lucero del mundo”.1

Nació Jerónimo en los confines de la Dalmacia y la Panonia (en la actual Hungría), de padres cristianos, nobles y opulentos. Dotado de precoces aptitudes para el estudio, su padre lo envió aún siendo adolescente a Roma, entonces la capital del mundo civilizado.

En la Ciudad Eterna, Jerónimo se dedicó al estudio de la gramática, de la retórica y de la filosofía. Tal era su amor por los escritores clásicos, que formó para sí una rica biblioteca, copiando a mano los libros que no podía obtener.

Con dolor, reconocería después, que en su inexperiencia se hizo víctima del ambiente mundano de la grande y decadente metrópoli, extraviándose del buen camino. Sin embargo, al mismo tiempo, declara que su pasatiempo de domingo consistía en visitar las tumbas y las reliquias de los mártires, además de ser catecúmeno, pues en aquella época la persona recibía el santo bautismo a edad adulta.

Tentaciones diabólicas y consolaciones celestiales

Después de ser bautizado, Jerónimo, con Bonoso su hermano de leche, emprendió un viaje de estudios a las Galias. En Tréveris, donde había una de las academias más doctas de Occidente, decidió entregarse por completo al servicio de Dios. Continuó mientras tanto su viaje de estudios por Grecia y por ciudades del Medio Oriente, deteniéndose en una región desértica cerca de Antioquia, donde vivió algunos años en soledad.

Aprovechó entonces para aprender el hebreo con un judío converso, a fin de poder estudiar las Sagradas Escrituras en su original. En una de sus cartas afirma lo siguiente: “Las fatigas que esto me causó y los esfuerzos que me costaron, sólo Dios lo sabe. Cuántas veces me desanimé y cuántas volví atrás y comencé de nuevo por el deseo de saber; yo lo sé porque pasé por ello, y lo saben también los que vivían en mi compañía. Ahora le doy gracias al Señor, pues recojo los sabrosos frutos de las raíces amargas de los estudios” 2.

Dios permitió que el demonio lo asaltase constantemente con tentaciones de la carne; y, para combatirlas, Jerónimo dilaceraba su cuerpo y se entregaba a ayunos que duraban a veces semanas enteras. Pero, en medio de las tentaciones, tenía también consolaciones inefables: “Pero de esto el Señor es testigo: después de llorar mucho y contemplar el cielo, a veces me sucedía el ser introducido en el coro de los ángeles. Loco de alegría, entonces cantaba: ¡Oh soledad, soledad embelesada por las flores de Cristo! Oh soledad que más familiarmente gozas de Dios”.3

Juicio de Dios anticipado y amor a las Escrituras

Cuatro años después partió a Jerusalén, a fin de venerar los lugares santificados por la presencia del Salvador y perfeccionarse en la lengua hebraica. San Dámaso, Papa, lo consultaba constantemente a respecto de pasajes difíciles de los Libros Sagrados. Pero no se piense que para el santo exegeta era de agrado su lectura. Porque acostumbrado a la elocuencia y elegancia de estilo de los clásicos latinos y griegos, sentía mucha aridez en la lectura de la Biblia, cuyo texto juzgaba demasiado simple y desprovisto de ornato. Fue necesario que el mismo Dios lo castigase por ello, como él mismo lo narra en una carta a su discípula Santa Eustaquia: debido a sus austeridades llegó a tan extrema debilidad, que sus discípulos juzgaban que en cualquier momento fuese a exhalar el último suspiro. Fue entonces arrebatado en espíritu y se vio ante el Juicio de Dios. Cristo Jesús, que lo presidía, le preguntó sobre su condición y fe. “Soy cristiano”, respondió Jerónimo. “Mientes —le replicó el Juez— pues no eres cristiano, sino ciceroniano”. Y mandó azotar violentamente al reo que sólo atinaba a implorar perdón. Finalmente, algunos que estaban asistiendo al juicio unieron sus voces a la del infeliz pidiendo clemencia, pues aún era joven y se corregiría del error. Jerónimo juró enmendarse y con ello fue dejado libre, regresando del arrebato muy compungido. Durante mucho tiempo llevó en sus espaldas las señales de los azotes. “Desde aquella hora yo me entregué con tanta diligencia y atención a leer las cosas divinas, como jamás lo había tenido con las humanas”,4 concluye el santo.

Dios permitió que el demonio asaltase a San Jerónimo constantemente, pero lo agració también con favores inefables. Anónimo, s. XIX — Convento de Santo Domingo, Lima.

Luz de la Iglesia

A la edad de 30 años, recibió en Antioquia la ordenación sacerdotal, bajo la condición de no quedar sujeto a ninguna diócesis y continuar siendo monje como antes.

Se dirigió después a Constantinopla para ver y oír a San Gregorio Nacianceno, conocido por su erudición como el Teólogo. Ahí permaneció tres años, trabando amistad también con las grandes luminarias de la Iglesia en Oriente, San Basilio y su hermano San Gregorio de Niza.

Las herejías abundaban principalmente en Oriente y tal era la confusión que el emperador Teodosio y el Papa San Dámaso resolvieron convocar a un sínodo en Roma. San Jerónimo fue invitado a participar de él y escogido para desempeñar la función de secretario, en lugar de San Ambrosio que había enfermado.

Terminado el sínodo, San Dámaso retuvo a San Jerónimo como su secretario, dándole la orden de revisar el texto latino de la Sagrada Escritura, comparándolo con el original hebreo. Esta tarea vendría a dar en la traducción conocida como Vulgata (del latín vulgare, que significa uso común). Fue encargado también por el Pontífice “de responder a todas las cuestiones que se refiriesen a la religión, de esclarecer las dificultades de las Iglesias particulares [diócesis], de las asambleas sinodales, de prescribir a aquellos que volvieron de las herejías lo que éstos deberían creer o no, y de establecer para ello reglas y fórmulas”.5 Clemente VIII afirmó que San Jerónimo fue asistido por el Espíritu Santo en la traducción que emprendió de la Biblia. Tal traducción substituyó a todas las otras que había hasta entonces, tornándose la traducción oficial de la Iglesia.

Mientras vivió San Dámaso, Jerónimo permaneció en Roma. “Todos acudían a él, y cada cual procuraba ganarse su simpatía: unos alababan su santidad, otros la doctrina, otros su dulzura y trato suave y benigno, y finalmente todos tenían puestos los ojos en él como en un espejo de toda virtud, de penitencia, y oráculo de sabiduría”.6

Un grupo de matronas y vírgenes romanas de la más alta aristocracia se puso bajo su dirección espiritual, entre ellas Santa Paula y sus hijas Paulina, Eustaquia, Blesilla y Rufina; Santa Marcela, Albina, Asela, Leta y otras. Fundó para ellas un convento en Roma. Convirtió y atrajo también a algunos varones, para quienes fundó un monasterio.

En aquella época combatió a varios herejes, como a Helvidio y Joviniano.

La tierra donde nació el Salvador

El año 384 falleció San Dámaso, y los enemigos de San Jerónimo iniciaron una campaña de difamación que hizo con que el Santo dejase definitivamente Roma y regresase a Tierra Santa, estableciéndose en Belén. Lo siguieron Santa Paula y su hija Eudoxia. Con el rico patrimonio del que disponían, fundaron bajo la dirección del santo un monasterio masculino y otro femenino, éste dirigido por Santa Paula.

Los 34 años que San Jerónimo vivió en Belén, los pasó escribiendo obras notables, combatiendo a los herejes y dirigiendo a numerosas almas por correspondencia.

Por un mal entendido, hubo un inicio de polémica entre los dos grandes Doctores de la Iglesia, San Agustín y San Jerónimo. Pero, puestas las cosas en su lugar, los unió una amistad llena de respeto. San Jerónimo decía que San Agustín era “su hijo en edad, y su padre en dignidad”, una vez que era obispo. Por su parte, el obispo de Hipona le escribió lo siguiente: “Leí dos escritos vuestros que me cayeron en las manos, y los encontré tan ricos y plenos que no querría, para aprovechar en mis estudios, sino poder estar siempre a vuestro lado”.7

Baluarte de la Cristiandad perseguida

Sin embargo, los bárbaros comenzaron sus grandes invasiones. El 395, los feroces hunos, venidos por Armenia, esparcieron el terror en el Oriente, llegando hasta Egipto. El 411, Alarico, rey de los godos, destruyó varias ciudades de Grecia y saqueó Roma. Muchas familias huyeron hacia Tierra Santa y fueron socorridas por Jerónimo y Paula. “Belén –escribe el primero– ve todos los días mendigar en sus puertas a los más ilustres personajes de Roma. ¡En fin! No podemos socorrer a todos; les damos por lo menos nuestras lágrimas, lloramos juntos”.8

Todos se sorprenden por el hecho de que San Jerónimo, tan enfermo que tenía que dictar sus obras, pudiese producir tanto en tan poco tiempo. En tres días tradujo los libros de Salomón, y en uno sólo vertió al latín el libro de Tobías que estaba escrito en caldeo. En quince días dictó los comentarios sobre San Mateo. Al mismo tiempo, escribía apologías del Cristianismo contra los errores de los herejes del tiempo y la refutación meticulosa de sus doctrinas.

“¿Qué Doctor de la Iglesia hay que trate las cosas sagradas con tan gran majestad, las llanas con tanta erudición, las ásperas con tanta elocuencia, las obscuras con tanta luz, que así se sirva de todas las ciencias, divinas y humanas, para explicar y poner a nuestros ojos los misterios de nuestra santísima religión?”,9 pregunta un autor.

El empeño insuperable de San Jerónimo en la traducción de las Escrituras fue por él mismo así descrito: “Cumplo mi deber, obedeciendo a los preceptos de Cristo que dijo: Examinad las Escrituras y procurad y encontraréis para que no tengáis que oír lo que dijo a los judíos: Estáis equivocados, porque no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios. Si de hecho como dice el apóstol San Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, aquel que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”.10

San Jerónimo falleció el día 30 de septiembre del año 420, muy avanzado en edad y virtud. El mismo día, se le aparecía a San Agustín y le descubría el estado de las almas bienaventuradas en el Cielo.     


Notas.-

1. Apud. Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1897, t. III, p. 640.
2. P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, vol. III, p. 104.
3. Id., p. 105.
4. P. Pedro de Ribadeneyra  S. J., in La Leyenda de Oro, op. cit., p. 644.
5. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, par Mgr. Paul Guérin, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. XI, p. 565.
6. P. Ribadeneyra, op. cit. p. 645.
7. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1955, t. V, p. 307.
8. Bollandistes, op. cit. p. 575.
9. P. Ribadeneyra, op. cit. p. 644.
10. P. Leite, op. cit., p. 106.





  




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