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«Tesoros de la Fe» Nº 118 > Tema “Deberes y obligaciones del cristiano”

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La malignidad del mundo y la actuación del demonio

PREGUNTA

¿Qué distinción hay entre “rezar por la salvación de la propia alma” y “rezar por la salvación de las almas” de un modo general? ¿No existe el peligro de preocuparse demasiado con la propia alma y olvidar a los demás? Por otro lado, rezar exclusivamente por las almas de los otros ¿no manifiesta presunción por la certeza de la propia salvación, como si yo pen­sara que quien necesita de oraciones son ellos y no yo?


RESPUESTA

No existe esa dicotomía entre rezar por sí mismo y rezar por los demás, que confunde a nuestro consultante. En realidad, una acción es el resultado de la otra, según los principios de la espiritualidad cristiana.

En efecto, es una verdad claramente establecida en la doctrina católica que ¡un alma que se santifica, santifica al mundo! ¡Y un mundo que se santifica, de tal manera favorece la práctica de la virtud para todos, que me santifica también a mí! Con tal que yo no me cierre deliberadamente a esa influencia benéfica, evidentemente.

Dicho sea de paso, la formulación recíproca también es verdadera: un alma que se deteriora moralmente, deteriora al mundo; y un mundo moralmente deteriorado, lanza el tizne del pecado sobre todos los hombres, aunque no lo perciban.

Así, en una conclusión rápida, se puede afirmar que, al rezar por la salvación de los demás, me beneficio a mí mismo, por la mejoría que se produzca en ellos; y si pido a Dios por mi salvación, la mejoría que se produce en mí beneficia ipso facto la salvación de los demás.

Pero el asunto es mucho más profundo para que nos quedemos en estas cortas palabras. Merece, pues, que sea desarrollado.

Demonios expulsados de Arezzo, Giotto di Bondone, s. XIV, Basílica Superior, Asís.


El dogma de la Comunión de los Santos

Lo anterior no es sino la expresión del dogma de la Comunión de los Santos. Las oraciones y virtudes de unos benefician a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Santa Iglesia.­

El día del Juicio Final vamos a conocer ciertas gracias concedidas a la humanidad por la aceptación generosa que algún alma desconocida hizo de un sufrimiento atroz que sobre ella se abatió. Como también tomaremos conocimiento de ciertas retracciones de la gracia, a consecuencia de pecados públicos u ocultos, practicados generalizadamente por una humanidad que se apartó de Dios.

En ese sentido, un episodio reciente sirve para ilustrar esta doctrina.

Diversas circunstancias propiciaron que un policía interviniera prontamente en el tiroteo ocurrido en una escuela pública de Rio de Janeiro, en abril pasado. Según él, fue Dios quien lo hizo estar próximo de la tragedia, permitiéndole abatir al criminal antes que éste completara la masacre que intentaba realizar, probablemente duplicando el número de víctimas.

Sin embargo, la monstruosidad del crimen merecería que las iglesias se llenaran de gente para rezar en reparación a Dios por el pecado cometido. En esa oración se admitiría perfectamente implorar que Cristo Redentor no permita que hecho análogo se repita en la ciudad que se abriga bajo sus brazos protectores, benignamente extendidos desde lo alto del Corcovado. Las familias de las víctimas afectadas por la tragedia se sentirían moralmente reconfortadas por ese desagravio y llamado confiado al Divino Salvador.

Él y su Madre Santísima aceptarían de buen grado el pedido para permanecer espiritualmente presentes en sus casas, ayudando a esas familias a cargar la cruz de un vacío que nadie puede llenar, a no ser la virtud sobrenatural de la conformidad y confianza.

De todo pecado, líbranos, Señor.
De las celadas del demonio, líbranos, Señor.
De la muerte eterna, líbranos, Señor.


El papel del demonio;
la malignidad del mundo

Pero existe un personaje que no está ausente del cuadro descrito, al cual, sin embargo, se ha hecho poca referencia —en verdad, personalmente no oí ninguna. Es el papel del demonio, padre de la mentira, siendo la mayor de ellas la que él no existe. Sin embargo, San Pablo nos advierte contra él en el epílogo de la epístola a los Efesios:

“Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas,­ contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas” (6, 10-13).

Hay ciertos crímenes cuya hediondez y malignidad exceden la perversidad común de los hombres. En esos casos, se puede estar seguro de que entró la figura del maligno, infundiendo al criminal a hacer los excesos más descomedidos. La descripción de lo que sucedió en la escuela de Rio de Janeiro hace pensar en este agente del mal, que sólo quiere la perdición de los hombres.

El consultante tal vez se esté preguntando por qué dar tanto destaque a un caso concreto, en la respuesta a una consulta que se ceñía a una duda sobre la oración por la salvación de las almas, la propia y la de los otros.

La razón es precisamente que, en los manuales modernos de vida espiritual es muy común que, al tratar sobre estas materias, se abstraiga de dos puntos fundamentales: la malignidad del mundo y la actuación del demonio.

Así, al rezar por nuestra propia salvación eterna o la de los otros, no podemos imaginarnos sentados confortablemente en un sillón, o bien arrodillados en un reclinatorio acolchado, como si estuviésemos rodeados apenasde ángeles buenos, o ante una imagen bondadosa de la Virgen María, sin zancudos y avispas que nos aguijoneen…

La realidad es mucho más compleja: los ángeles buenos ciertamente están allí; nuestro ángel de la guarda ciertamente está allí. Sobre todo un cuadro o imagen de la Santísima Virgen está allí, como prenda de que Ella acoge benignamente nuestras súplicas. Pero también están presentes factores adversos, que la doctrina de la Iglesia desig­na sintéticamente así: el demonio, el mundo y la carne

En otras palabras, en primer lugar cargamos dentro de nosotros el peso de nuestros pecados —a consecuencia del pecado original. En segundo lugar, sufrimos las malas influencias del mundo moderno, laicista y en rebelión declarada contra Dios y su Santa Iglesia. Por fin, el aliento pestilente del demonio también está allí, para sugerirnos malos deseos, inocular en nuestra mente malas intenciones y fomentar malas resoluciones.

Éste es el cuadro habitual en que se desarrollan nuestras oraciones. Las súplicas que hacemos por nosotros mismos, por nuestra familia, nuestros amigos, por el mundo entero, deben tomar en cuenta los factores adversos arriba descritos: las malas inclinaciones que nuestros pecados introdujeron en nosotros, las malas influencias que el mundo moderno ejerce sobre nosotros y las sugestiones maliciosas que el demonio nos propone.

En la Letanía de Todos los Santos rezamos: Ab omni peccato, libera nos, Domine. Ab insidiis diaboli, libera nos, Domine. A morte perpetua, libera nos, Domine.

O sea: De todo pecado, líbranos, Señor. De las celadas del demonio, líbranos, Señor. De la muerte eterna, líbranos, Señor.

Bajo esta luz, las oraciones que hacemos por la salvación de nuestra alma y las que ofrecemos por la salvación de los hombres en general se superponen. Puede usted permanecer tranquilo: no existe conflicto entre ambas acciones. Por el contrario, si son hechas en la perspectiva indicada, cada una completa a la otra.  





  




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