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«Tesoros de la Fe» Nº 133 > Tema “Objeciones más frecuentes”

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¿Por qué Dimas, “el buen ladrón”, fue canonizado
por la Iglesia?

PREGUNTA

Quisiera saber: ¿por qué Dimas fue canonizado por la Iglesia? ¿Cuáles fueron sus virtudes a lo largo de la vida? Cabe recordar que solamente un evangelista menciona su conversión (Lc 23, 43).


Todos los días miles de personas “aceptan” a Jesús en sus momentos postreros, pero ello no los acredita para recibir la canonización.


RESPUESTA

Sería necesario comenzar por decir que San Dimas —el “buen ladrón”— no fue canonizado por la Iglesia, sino por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Esta “canonización” se encuentra registrada en el lugar preciso indicado por el consultante, es decir, Lc 23, 43: “Jesús le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ahora bien, en un sentido genérico, santos son todos aquellos que sabemos con certeza que están en el cielo. Hasta las almas del purgatorio, que están destinadas al cielo después de un período de purificación, son llamadas “santas almas del purgatorio”. Por ello, es justo atribuir a Dimas el título de santo.

Se trata de entender, con profundidad de horizontes, lo que pasó: la aceptación de Jesucristo por el “buen ladrón” no fue una aceptación cualquiera, sino una aceptación en circunstancias muy especiales, que revelaron, de parte de él, una alta densidad de fe, de esperanza y de caridad, virtudes teologales que se encuentran en el ápice de todas las virtudes. Su actitud valiente y sublime, en aquel momento, será rememorada y conmemorada en el cielo por todos los santos, por toda la eternidad.

Analicemos la situación: Jesús estaba clavado en la Cruz. De abajo, provenían los insultos de todos los que clamaban por su muerte, conforme lo describe San Mateo: “Los que pasaban lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían: Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo: A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: Soy Hijo de Dios” (Mt 27, 39-43).

Crucifixión, Ducio di Buoninsegna, s. XIII – Museo de la Opera del Duomo, Siena (Italia)

No era, por lo tanto, apenas la turbamulta que insultaba a Jesús: allí estaban los representantes máximos del pueblo judío, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos.

San Lucas añade un dato que no es registrado por los otros evangelistas: “Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (Lc 23, 36-37). De aquel modo, los soldados romanos, representando de alguna manera a la gentilidad, participaban del rechazo a Jesucristo.

¿Y dónde estaban los discípulos de Cristo? Todos habían huido. Apenas uno de ellos se había recompuesto y estaba allí, a los pies de la Cruz, con la Santísima Virgen, la Madre de Jesús, y algunas santas mujeres que la acompañaban. Por lo tanto, la fidelidad también estaba presente, representada superlativamente por María Santísima, que condensó en sí la fidelidad de toda la humanidad.

Por fin, en el ambiente de hostilidad general, toman posición los dos ladrones que estaban siendo crucificados junto con Jesús. La escena es descrita por San Lucas: “Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso»” (Lc 23, 39-43).

El mal ladrón, llamado Gestas, estaba interesado en que Jesús usara de sus poderes divinos para que, salvándose a sí mismo, lo salvara a él, ladrón. El “buen ladrón” toma la defensa de Jesús y hace un acto de fe en la persona de Él y en la vida futura, pidiéndole que se acuerde de él cuando haya entrado en su reino. ¡Qué diferencia! ¡Cuánta grandeza de alma en asociarse a Aquel que todos insultaban! ¡Cuánto valor en disociarse de los que insultaban a Jesús y, por lo tanto, lo rechazaban! ¡Cuánta humildad y reverencia, cuánta comprensión de la superioridad de aquel ser divino que sufría injustamente un suplicio análogo al suyo, pero aún mayor!

Y aquí entramos en el fondo del problema: el discernimiento de los espíritus, por un lado; la dureza de corazón, por otro.

“Aquí hay uno que es más que Salomón”

Éste es un problema tratado con cierta frecuencia por Nuestro Señor Jesucristo en su predicación, y registrado por los evangelistas. Nos limitaremos a un trecho de San Lucas: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás” (Lc 11, 29-32).

La reina del Sur es la reina de Saba, referida en el primer libro de los Reyes (10, 1-13). Pasamos la palabra al comentarista de la Biblia Comentada, de la Biblioteca de Autores Cristianos: Jesús “utiliza ahora otra imagen. Es la figura de Salomón, el rey por excelencia sabio. No sólo sus súbditos, sino que hasta de la lejana Saba viene su reina a escucharlo. Por eso, ante su sola evocación, la conclusión se imponía: si una reina viene ‘desde los confines de la tierra’ a escuchar su sabiduría, la generación judía presente [del tiempo] de Cristo estaba más obligada a escuchar eficazmente su ‘Buena Nueva’, pues no necesitaban venir de lejos, y, sobre todo, porque Él era ‘más que Salomón’” (Manuel de Tuya O.P., BAC, Madrid, 1964, tomo V, p. 298). Sin embargo, ¿qué sucedió? ¡Los judíos no sólo no quisieron escuchar a Nuestro Señor, sino que lo crucificaron! — ¿Por qué? A causa de la dureza de sus corazones, que llevó a la ceguera de las mentes. Ahora bien, fue precisamente ésta la gracia que recibió Dimas, el “buen ladrón”. La gracia que tocó su corazón volviéndolo capaz de ver que aquel que moría a su lado, ¡era el Hombre Dios, en el patíbulo de la cruz! Lo proclamó delante de todos, y oyó de los propios labios de Jesús el “decreto” de su canonización: “Hodie mecum eris in Paradiso” (Lc 23, 43).

Ojos para ver a quien está a nuestro lado

La dureza de corazón es un fenómeno más común de lo que se piensa. Es conocido el hecho ocurrido por ocasión de la muerte de Santa Teresita del Niño Jesús, una santa que brilló en los cielos de la Iglesia sobre todo a comienzos del siglo XX y hasta hoy atrae muchos corazones. Una pequeña y gran santa, declarada Doctora de la Iglesia en 1997. Cuando estaba en el lecho de muerte, oyó un comentario de una de sus hermanas de hábito, el cual provenía de la cocina que estaba próxima: “¡No sé lo que nuestra Madre Priora va a decir en la nota necrológica de esta monja que nunca hizo nada que la destacara!”

Así puede ser la cerrazón de nuestros corazones hacia personas que merecerían nuestra dedicación si nos diésemos cuenta de sus virtudes. Pidamos a San Dimas que nos obtenga una gracia semejante a la suya, para discernir el mérito de las personas con las cuales convivimos. Por contraste, sabremos también evaluar con justicia los defectos de muchos a los cuales prodigamos elogios que no merecen…

Aclaraciones oportunas

En los primordios de la Iglesia, la “canonización” resultaba del consenso de los fieles. Con el correr del tiempo, para evitar juicios errados, y poder indicar a los fieles los verdaderos santos como modelos de perfección cristiana, la Santa Iglesia reglamentó las condiciones para el reconocimiento de la santidad de alguien.

En cuanto al “buen ladrón”, los Evangelios no proporcionan ni siquiera su nombre. Dimas llegó a nosotros gracias a la tradición. Una vez que no hay cómo saberlo por los escritos, aceptamos lo que la tradición nos transmitió.

Por fin, el hecho de que apenas uno de los evangelistas mencione su confesión de la divinidad de Cristo, no es absolutamente razón para negarlo. Lamentablemente, algunos espíritus críticos aplican el principio de “substracción” de los evangelistas, cuando es más sapiencial el de “adición”. Esto es, sumemos lo que ellos registraron, y no sustraigamos. Los evangelistas nos transmitieron lo que recogieron en sus indagaciones. Aceptemos con fe y gratitud el trabajo que ellos hicieron, guiados por el Espíritu Santo. 



  




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Nº 219 / Marzo de 2020

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+605, d.C. + Monte Sinaí. Ingresando a los 16 años en el monasterio situado en ese monte, lo dejó más tarde para vivir en mayor soledad. A los 75 años fue llamado de vuelta y elegido abad. Su libro Clímax o Escala de la Perfección, del cual proviene el sobrenombre de Clímaco, fue una de las obras más apreciadas en la católica Edad Media.








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