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«Tesoros de la Fe» Nº 18 > Tema “El Símbolo de los Apóstoles”

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Segundo artículo del Credo

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor


Triunfo de Nuestro Señor, Mateo Mejía, siglo XVII — Museo Jacinto Jijón y Caamaño, Quito


En creer y profesar el presente artículo, encuentra el género humano inmensas y admirables ventajas, según el testimonio de San Juan: “Cualquiera que confesare que Jesús es el Hijo de Dios, Dios está en él, y él en Dios” (1 Jn. 4, 15).

Lo prueba también la palabra de Cristo Nuestro Señor, cuando proclamaba la bienaventuranza del Príncipe de los Apóstoles: “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te ha revelado eso la carne y sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt. 16, 17).

Realmente, esta fe y esta profesión constituyen la base más sólida de nuestro rescate y salvación («Catecismo Romano», Ed. Vozes, Petrópolis, 1962, p. 90).


El segundo artículo del Credo nos enseña que el Hijo de Dios es la segunda Persona de la Santísima Trinidad: que es Dios eterno, omnipotente, Creador y Señor como el Padre, que se hizo hombre para salvarnos, y que el Hijo de Dios hecho hombre se llama Jesucristo.

La segunda Persona se llama Hijo porque es engendrada del Padre por vía de entendimiento desde toda la eternidad, y por esto se llama también Verbo eterno del Padre.

Jesucristo se llama Hijo Único de Dios Padre porque sólo Él es Hijo suyo por naturaleza, y nosotros somos sus hijos por creación y por adopción.

Jesucristo se llama Nuestro Señor porque, además de habernos creado junto con el Padre y el Espíritu Santo, al ser Dios, nos ha redimido también al ser Dios y hombre.

El Hijo de Dios hecho hombre se llama Jesús, que quiere decir Salvador, porque nos ha salvado de la muerte eterna merecida por nuestros pecados.

El nombre de Jesús lo dio al Hijo de Dios hecho hombre el mismo eterno Padre, por medio del Arcángel San Gabriel, cuando éste anunció a la Virgen el misterio de la Encarnación.

El Hijo de Dios hecho hombre se llama también Cristo, que quiere decir ungido y consagrado, porque antiguamente se ungían los reyes, sacerdotes y profetas, y Jesucristo es Rey de reyes, Sumo Sacerdote y Sumo Profeta.

La unción de Jesucristo no fue corporal, como la de los antiguos reyes, sacerdotes y profetas, sino toda espiritual y divina, porque la plenitud de la divinidad habita en Él sustancialmente.

Los hombres tuvieron conocimiento de Jesucristo antes de su venida por la promesa del Mesías que hizo Dios a nuestros primeros padres, Adán y Eva, y renovó a los Santos Patriarcas, y por las profecías y muchas figuras que le señalaban.

Sabemos que Jesucristo es verdaderamente el Mesías y Redentor prometido por haberse cumplido en Él: 1) todo lo que anunciaban las profecías; y, 2) todo lo que representaban las figuras del Antiguo Testamento.

Las profecías predecían la tribu y familia de la cual había de nacer el Redentor; el lugar y tiempo de su nacimiento: sus milagros y las más pequeñas circunstancias de su pasión y muerte; su resurrección y ascensión a los cielos; su reino espiritual, universal y perpetuo, que es la Santa Iglesia Católica.

Las principales figuras del Redentor en el Antiguo Testamento son el inocente Abel, el sumo sacerdote Melquisedec, el sacrificio de Isaac, José vendido por sus hermanos, el profeta Jonás, el cordero pascual y la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto.

Sabemos que Jesucristo es verdaderamente Dios: 1) por el testimonio del Padre cuando dijo: Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, oídle; 2) por la atestación del mismo Jesucristo, confirmada con los milagros más estupendos; 3) por la doctrina de los Apóstoles; 4) por la tradición constante de la Iglesia Católica.

Los principales milagros obrados por Jesucristo son, además de su resurrección, el haber dado salud a los enfermos, vista a los ciegos, oído a los sordos, vida a los muertos (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 13-15).     





  




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Nº 205 / Enero de 2019

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Aparición de la Virgen a san Ildefonso, Bartolomé Esteban Murillo, 1655 – Óleo sobre lienzo, Museo del Prado, Madrid



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