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«Tesoros de la Fe» Nº 119 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Martín de Tours

Baluarte de la Iglesia en el siglo IV


En una época en que la Iglesia recién había salido de las catacumbas, la Providencia Divina suscitó a este santo para combatir las herejías de su tiempo


Plinio María Solimeo


El año 313 de nuestra era, Constantino el Grande daba libertad a la Iglesia Católica, que salía así de las catacumbas para evangelizar el mundo, siguiendo el mandato de Nuestro Señor Jesucristo a los Apóstoles. Tres años después, nacía en Sabaria de la Panonia (Hungría), en el seno de una familia pagana, uno de sus más ilustres hijos, San Martín de Tours. Su padre, un veterano tribuno militar que odiaba mortalmente el cristianismo, decía que no podía ser verdadera una religión que enseñaba a amar a los enemigos y poner la otra mejilla.

Por razones de servicio, la familia se mudó a Pavía, en Italia, donde Martín hizo sus primeros estudios y conoció de cerca la verdadera religión. La consideración de las virtudes y ejemplos de los cristianos impresionó mucho al niño de apenas diez años de edad. Iluminado por la gracia, pero sin el conocimiento de sus padres, consiguió inscribirse en el número de los catecúmenos.

A los doce años comenzó a soñar con una vida de recogimiento, en la cual pudiera entregarse por entero a la contemplación y a la búsqueda de la perfección. Pero su padre ni siquiera quería oír hablar de ello. Descontento con la influencia que la religión cristiana estaba ejerciendo sobre su hijo, intentó apartarlo de ella. Se aprovechó de un edito imperial que mandaba a los hijos de oficiales alistarse en el ejército, inscribiendo a Martín a pesar de que tenía apenas 15 años de edad.

“Dios, que lo destinaba a ser más tarde el modelo de los solitarios, de los obispos y de los apóstoles, quiso antes mostrar a los jóvenes militares, en su persona, que el alma más pura puede conservarse intacta bajo las armas; que una fe sólida y piadosa se alía admirablemente con la valentía del héroe”.1

Los hijos de los tribunos eran de inmediato elevados a lo que hoy corresponde a la categoría de suboficiales. En tal condición, Martín recibió a un ordenanza o asistente, designado para su servicio. Practicaba con él la más extrema caridad cristiana, lo que era completamente novedoso entre aquellos militares endurecidos por el paganismo en los campos de batalla. Distribuía entre los pobres y necesitados casi todo su sueldo.

El historiador Sulpicio Severo, contemporáneo y biógrafo del santo, dice que supo conciliar en el ejército sus nuevos deberes con las aspiraciones de su alma, llevando una vida de monje y de soldado, casta y sobria, amable y valerosa.

San Martín divide su manto con un mendigo


El memorable hecho del manto dividido

Martín estaba en el ejército y aún era catecúmeno, cuando ocurrió un hecho que es narrado en todas sus biografías. Cierto día de inclemente invierno, estando las tropas acuarteladas en Amiens, salió para hacer una batida en los alrededores de la ciudad. A sus puertas fue abordado por un mendigo casi desnudo, temblando de frío, que le pidió una limosna. Al no encontrar nada para darle, cortó su manto de lana por el medio y le dio una parte.

La noche siguiente, vio en sueños a ángeles que cubrían la espalda de Nuestro Señor con la mitad del manto dado por él. El divino Salvador dijo entonces: “Martín, todavía catecúmeno, me has dado este vestido”. Poco después, por la Pascua del año 339, recibió finalmente el bautismo, pero no consiguió la autorización para dejar el ejército.

Dos años después los francos invadieron las Galias y el emperador de Occidente, Constancio, convocó a su ejército a las armas. Para conquistar el ánimo de sus soldados, quiso él mismo darles una cierta cantidad de dinero como incentivo para la batalla. Cuando le llegó el turno de recibirla, Martín pidió al emperador permiso para dejar el ejército y entrar al servicio de Dios. Irritado con lo que juzgaba una defección en vísperas del combate, Constancio lo llamó cobarde, pretendiendo huir por temor a la batalla. Lleno de dignidad, él respondió: “Para que veáis que ese no es mi pensamiento, mañana yo me colocaré en la primera fila del combate, sin yelmo ni coraza, protegido apenas por la señal de la cruz, y así romperé sin temor la línea del enemigo. Si vuelvo sano y salvo, será solamente por el nombre de Jesús, a quien deseo servir de aquí en adelante”.

Dios le evitó tal manifestación de fe y valentía, induciendo a los francos a pedir la paz.

Catedral de Tours



Discípulo de San Hilario de Poitiers

Por aquel tiempo, San Hilario de Poitiers iluminaba la Galia con la luz de su ortodoxia y ciencia. Como las virtudes se atraen, Martín se aproximó al “Atanasio de Occidente” —así llamado por su denodado combate al arrianismo— para convertirse en discípulo suyo. El gran Doctor de la Iglesia reconoció en él su mérito extraordinario y quiso comunicarle las órdenes sagradas. Por humildad consintió en recibir apenas la última de ellas, la del exorcistado, que bastaba para atarlo a la sede de Poitiers.

Poco después Martín resolvió volver a su patria, a fin de intentar convertir a sus ancianos padres. Su madre, que otrora había secundado sus buenas disposiciones hacia la virtud, tuvo la dicha de convertirse a la fe católica verdadera. El padre, sin embargo, se obstinó en su odio al cristianismo y permaneció pagano.

En ese intervalo de tiempo San Hilario había sido exiliado a Milán. Martín fue a tratar con él, pero el obispo arriano Majencio lo expulsó de la ciudad. Resolvió retirarse entonces a una inhóspita isla, la Insula Gallinaria, cerca de Génova, donde vivió algunos años en recogimiento y contemplación. Cuando San Hilario regresó a Poitiers, fue nuevamente a buscarlo. Introdujo allí la vida monástica, con las bendiciones de San Hilario, fundando en las proximidades de Poitiers un monasterio llamado Ligue. En poco tiempo, 80 monjes cantaban allí las alabanzas a Dios. De aquel monasterio partía Martín para evangelizar a los pueblos y a los campos aún dominados por el paganismo.

Con el poder de sus milagros y la fuerza de su doctrina, iba destruyendo templos e ídolos, predicando por todas partes la religión auténtica. Para anunciar las verdades del cristianismo, él se valía de los “dogmas” fundamentales del druidismo (la religión pagana de los celtas), como la inmortalidad del alma y la recompensa futura a los guerreros valerosos. Se aprovechaba también de los festivales paganos para sustituirlos por fiestas cristianas, además de transformar sus lugares de peregrinación en santuarios dedicados a los santos católicos. “Es así que, por un profundo entendimiento de la naturaleza humana, él no se olvidaba de conservar, tanto cuanto posible, la celebridad que les había dado la superstición y el concurso de los paganos, a fin de ganar más fácilmente a los pueblos y favorecer la propagación de la fe”.2

Cierto día el santo predicaba en una población pagana en que los habitantes, en la primavera, adornaban con flores un sepulcro que alegaban pertenecía a un gran mártir. Pero nadie sabía informar quién era, ni cómo había muerto, y quiso acabar con ese culto supersticioso. Se aproximó de la tumba y dijo con voz imperativa: “Quien quiera que seas, mártir o no, en nombre de Dios yo te mando que nos digas quién eres”. Una sombra pavorosa salió del sepulcro y dijo con voz quejumbrosa: “Soy el alma de un ladrón ajusticiado por sus delitos. Nada tengo de mártir. Mientras ellos gozan de la gloria, yo estoy ardiendo en las llamas del infierno”. Los campesinos, horrorizados, destruyeron inmediatamente la tumba.

Entre los milagros atribuidos al santo durante su vida, consta la resurrección de un catecúmeno, para que pudiese recibir el bautismo. Resucitó también al criado de un noble romano que se había ahorcado, para arrancarlo de las puertas del infierno.

Muerte de San Martín de Tours


Obispo de Tours contra su voluntad

En 371 falleció el obispo de Tours, San Litorio. Los diocesanos pensaron en Martín para sustituirlo, pero había dos problemas: pertenecía a la diócesis de Poitiers y por humildad no consentiría en ser obispo. Usaron entonces de una estratagema: uno de los principales ciudadanos de Tours fue al monasterio y le suplicó insistentemente a San Martín que fuese a atender a su esposa, que estaba muy enferma. La compasión lo hizo acompañarlo, y acabaron por salir de la diócesis de Poitiers y entrar en la de Tours. En ese momento un grupo de fieles lo cogió a la fuerza y lo llevó a la catedral, donde fue consagrado obispo.

Como obispo-misionero, continuó la evangelización no sólo de su diócesis, sino de toda la Galia. Al impulso de su actividad apostólica, nacieron en Francia las parroquias rurales donde anteriormente había focos de idolatría. Él se volvería el más insigne obispo de las Galias, gran taumaturgo, patrono y protector perpetuo de la nación francesa.

¿Cuál era el secreto de San Martín para alcanzar el éxito en su evangelización? Dicen sus biógrafos que era la gran paz y bondad de corazón. Jamás fue visto triste o irritado. Brillaba en su rostro una alegría celestial, que comunicaba a los otros. Era de extrema misericordia para con todos, hasta para los pecadores más endurecidos. El mundo era para él un libro de teología, que lo llevaba a amar a Dios en todas sus obras.

San Martín de Tours entregó su alma a Dios el año 397, convirtiéndose en uno de los santos más populares de Europa. Su festividad se celebra el día 11 de este mes. 

Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. XIII, p. 313.
2. Id. ib., p. 322.

Otras obras consultadas.-

* León Clugnet, St. Martin of Tours, in The Catholic Encyclopedia, cd rom edition.
* Edelvives, San Martín, Obispo de Tours, in El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1949, t. VI, p. 111 y ss.
* Fray Justo Pérez de Urbel, O.S.B., San Martín de Tours, in Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. IV, p. 322 y ss.





  




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