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«Tesoros de la Fe» Nº 138 > Tema “Mártires”

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San Juan de Sahagún

Mártir de la palabra




Hidalgo y uno de los mayores predicadores de España, fustigaba con franqueza apostólica los crímenes y vicios de su época, siendo por ello envenenado


Plinio María Solimeo


Aunque poco conocido en nuestro medio, San Juan de Sahagún figura entre los mayores predicadores de un país de grandes predicadores como fue España. Su ejemplo atestigua cómo los auténticos oradores sacros deben estar dispuestos a todo, hasta la muerte si es necesario, antes que pactar con los crímenes y vicios de la época en que viven.

Hijo de un héroe de la guerra con los moros

Sahagún es una pequeña ciudad en la provincia española de León. Su gloria era la de haber servido de cuna y patíbulo a los mártires San Facundo y San Primitivo, que en la época de los romanos tiñeron con su sangre las aguas del río Cea. A esa gloria, siglos más tarde se sumó la de ser la patria de Juan González de Castrillo, conocido en la Historia de la Iglesia como San Juan de Sahagún. Su padre y homónimo —un “cristiano viejo” e hidalgo “por los cuatro costados”— vivía en la corte del rey Juan II, habiendo alcanzado notabilidad en la batalla de Higueruela contra los moros, bajo el mando del condestable Álvaro de Luna.

Juan, el primogénito de los siete hijos de don Juan y de doña Sancha Martínez, nació el día 24 de junio de 1430, fiesta de San Juan Batista. Estudió letras y humanidades en el Real Monasterio de San Benito de su ciudad natal. Dotado de gran inteligencia, fue muy aventajado en los estudios.

En la adolescencia fue presentado por un tío suyo al obispo de Burgos, Alonso de Cartagena. Antiguo rabino sinceramente convertido en Príncipe de la Iglesia, hombre virtuoso de vasto saber, don Alonso se encantó desde un primer momento con las cualidades de Juan González. Primero lo ordenó sacerdote y después lo nombró canónigo de la catedral, además de concederle otros beneficios. No obstante, renunciando a todo, el joven levita se dedicó a la cura de las almas, a la predicación y a los estudios en la pequeña iglesia de Santa Gadea o Santa Águeda (donde el Cid Campeador había tomado juramento al rey Alfonso VI de no haber participado en la muerte de Sancho, su hermano y predecesor).

Sahagún: iglesia de San Juan


Doctor en teología y fraile agustino

Muerto el obispo Alonso en 1456, el padre Juan se trasladó a Salamanca a fin de estudiar Derecho Canónico en su célebre universidad. Al mismo tiempo ejercía su actividad pastoral en una capilla de la ciudad. Al principio, a causa de su humildad, pocos notaron las cualidades del joven sacerdote. Pero un día lo invitaron a hacer un sermón en honor a San Sebastián, patrono del Colegio de San Bartolomé. El padre Juan agradó tanto, que fue electo para dirigir esa casa de estudios, volviéndose asimismo muy popular en la ciudad. Al graduarse, empezó a enseñar Sagrada Escritura en el mismo colegio.

Sin embargo, un cálculo renal hizo necesaria una dolorosa operación, que en aquella época ponía en riesgo la vida del paciente. Ante lo cual, el padre Juan le prometió a Dios hacerse religioso, en caso de salir airoso de la operación. Esto es lo que él mismo narra sobre lo que ocurrió entonces: “Lo que pasó aquella noche entre Dios y mi alma, sólo Él lo sabe; y, luego a la mañana me fui a San Agustín, creo que iluminado por el Espíritu Santo, y recibí este hábito”.1

Profunda piedad eucarística y cargos de mando

En el convento de San Agustín, Juan González se comportó como religioso virtuoso y edificante. Por eso fue designado Maestro de Novicios, después Prior, y finalmente Consejero Provincial. Como a su intensa virtud aliaba una ilimitada ciencia, era apto para gobernar; y como sabía obedecer, sabía también mandar.


Altar mayor de la iglesia de San Juan de Sahagún, en Salamanca

Fray Juan también se caracterizaba por una profunda piedad eucarística. Sus oraciones de cada día eran hechas como una preparación para la comunión del día siguiente. Gran devoto de la Eucaristía, no podía dejar de serlo del Santo Sacrificio del Altar. Era favorecido por éxtasis en la celebración de la Misa, de modo que ésta no tenía fin. El superior le ordenó que fuera más breve. Fray Juan, confuso, le comunicó entonces lo que sucedía entre él y Nuestro Señor durante a Misa: Jesucristo se le aparecía frecuentemente, fulgurante como un sol y le hacía las más altas revelaciones.

Piedad de un santo muy accesible

No obstante, fray Juan era un santo muy accesible. Sus biógrafos cuentan que él no era para nada un místico hipocondríaco y sombrío que inventaba cada día una nueva forma de mortificar su cuerpo. No hacía penitencias extraordinarias y ayunaba apenas cuando lo mandaba la regla. “Su conversación estaba llena de gracia; su rostro alegraba a quien lo mirase. Además, sin saber cómo, fray Juan era el director, el maestro, el padre, el consuelo de todos los desgraciados en la ciudad de Salamanca. De sus labios escapaban palabras bondadosas; de sus manos, prodigios estupendos”.2

La oratoria sagrada fue su gran misión. Hablaba tan bien y tan directo al corazón, que en Salamanca se decía: “Vamos a oír al fraile gracioso”. Fray Juan fustigaba los vicios, las modas extravagantes, las costumbres licenciosas y las injusticias que veía en la ciudad. Por ello fue varias veces víctima de atentados. Pero cuando se trataba de señalar alguna irregularidad, no eximía de ello ni a sus amigos ni a personas de elevada dignidad: “Hacerlo de otro modo —decía— es vender la conciencia, traicionar al Crucificado, y hacer, por así decir, moneda falsa en materia de religión”.3

Fray Juan estaba de tal modo dotado del poder de penetrar en los secretos de la conciencia, que en el confesionario no era fácil engañarlo. Y aquellos que querían confesarse apenas rutinariamente eran obligados a hacerlo bien. Insistía en la necesidad del firme propósito para que la confesión fuese bien hecha. Sin embargo, era muy discreto y misericordioso con los pecadores, siendo por eso mismo procurado por los fieles.

Hechos milagrosos en la vida del santo

Dios Nuestro Señor sembró la vida de San Juan de Sahagún con varios prodigios. Así, un día su hermano, D. Martín de Castrillo, lo llamó afligido, porque una hija suya había fallecido. Fray Juan, al llegar, le dijo alegremente a su hermano: “¿Por qué lloras? La niña se ha desmayado y ustedes piensan que está muerta”. Tomándola de la mano, la entregó con vida a su madre.

Urna con los restos del santo que se conserva en la Catedral Nueva de Salamanca


En otra ocasión, una mujer en llantos procuró a fray Juan diciendo que su hijo se había caído en un pozo profundo y no daba señales de vida.

Fray Juan se dirigió al lugar y llamó al niño por su nombre. Este respondió. Entonces el santo tiró su correa y la lanzó al pozo para que el pequeño la agarrara. Ahora bien, sucedió que la correa creció lo suficiente para llegar hasta donde el niño se encontraba, muchos metros abajo. Aferrado a ella, salió sano y salvo.

Una multitud que se había reunido alrededor del santo comenzó entonces a aclamarlo. Viendo una cesta de peces vacía, fray Juan se la colocó en la cabeza y comenzó a bailar como un tonto, alejándose del pueblo. A los gritos de “loco”, unos niños comenzaron a correr atrás de él y a lanzarle piedras, hasta que llegó al convento. De ese modo se libró de las alabanzas, además de ganarse algunas buenas pedradas.4

Pacificador y Patrono de Salamanca

Sin embargo, el mayor hecho de San Juan de Sahagún fue pacificar Salamanca, que en los últimos 40 años estaba siendo devastada por una guerra entre familias. Era raro el día en que la sangre no corriera en abundancia, y no había prácticamente familia que no hubiese perdido a un ser querido. Como consecuencia, no existía casa que no buscara un medio de vengarse. Lo peor es que ni siquiera los magistrados y la autoridad real eran respetadas. Se cometían homicidios incluso en lugares de asilo, y se mataba hasta junto a los altares.


Relieve que representa un milagro obrado por su mediación

San Juan de Sahagún no omitió nada para reunir los dos partidos opuestos y hacer cesar el espíritu de venganza que los animaba. Todo empleó, tanto en el confesionario cuanto en el púlpito, en las calles y hasta frente a las casas de los litigantes para hacer cesar ese flagelo.

Mientras predicaba un día contra tales desórdenes en la iglesia abarrotada, sobrevino en el templo un murmullo de desagrado, poniendo algunos la mano en la espada. El santo interrumpió entonces el sermón y, en ton de profeta, dijo que el primero que empuñase el gladio caería muerto. Uno de los señores más responsables por el litigio quiso desafiar al predicador, pero cayó fulminado. Este castigo tan súbito, tan público y tan milagroso causó tanto efecto, que operó la difícil reconciliación. Por lo que Juan de Sahagún recibió en la ciudad el título de “El Pacificador”.

Cuando apenas contaba con 49 años fray Juan de Sahagún comenzó a hablar de su muerte próxima, a pesar de estar con buena salud. Sus palabras proféticas pronto se realizaron.

Había en Salamanca un señor de la alta nobleza que llevaba vida escandalosa con una mujer sin que nadie osara reprenderlos. San Juan tomó entonces la libertad de mostrarles el estado pecaminoso en que vivían y el escándalo que daban a la ciudad, amenazándolos con el castigo divino. Sus palabras y admoniciones causaron un profundo efecto sobre el noble que, arrepentido, rompió definitivamente aquella relación ilícita en que vivía. Lo mismo, sin embargo, no ocurrió con la concubina, que juró vengarse. No se sabe por qué medios la mujer consiguió verter un veneno, lento pero mortal, en el alimento que fray Juan iba a tomar. La consecuencia fue una lenta y dolorosa extenuación del santo. Todo lo sufrió con admirable paciencia y el día 11 de junio de 1479 entregó su alma a Dios.

Beatificado por Clemente VIII en 1601 y canonizado por Inocencio XII en 1690, San Juan de Sahagún es patrono de la ciudad de Salamanca, en España. 


Notas.-

1. P. Antolínez, Vida de San Juan de Sahagún, Salamanca, 1605, apud Victorino Capánaga, San Juan de Sahagún, Gran Enciclopedia Rialp, Ediciones Rialp, Madrid, 1973, t. XIII, p. 590.
2. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. II, p. 600.
3. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. VI, p. 600.
4. Cf. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. III, pp. 439-440.



  




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